HOME                                              LA TABERNA DEL AVERNO     - cuento -  Mikel Alberdi  (porqué la ley 11723 es ineficaz)

La taberna es interminable. No es posible llegar a sus límites. De la forma más antojadiza se continúa en salas, mesas, corredores y lugares exclusivos.

Ningún mortal jamás pudo descubrir cuál es la verdadera entrada de la taberna.

Casi todos creen que es imposible irse de la taberna. No obstante, algunas personas procuran hallar el escape. Constituye el objetivo más común de esta oscura tasca. Personas gallardas, disconformes, bravías, escogen algún rumbo y arremeten buscando el escape, o la forma, o el significado de la taberna.

Casi siempre desaparecen. Unos pocos vuelven después de muchos días, por el lado opuesto al escogido para fugarse.

La taberna es una verdadera maraña de pasillos inconducentes. Todo el tiempo nos perdemos en ellos. Pocas personas conocen la patética realidad: Es imposible irse de la taberna, pero no por la ausencia de salidas, ni por lo enredado de sus formas, sino porque la taberna está aislada del universo. No existe nada después de sus fronteras.

Si es cierto que los clientes viven resignados a deambular para siempre por los mismos pasillos, es verdad también que sus comportamientos se copian inexorablemente. Aunque lo ignoran. Se trasladan con ímpetu, creyendo que son libres de elegir sus movimientos. Se equivocan. Ellos se mueven por decisión de otros. Los camareros, guitarristas , cantores, los embriagados, las mujerzuelas y los apostadores, viven en la taberna desde los orígenes del tiempo y continuarán vagando por la cantina como en antaño, como si estuvieran en el día de la apertura del negocio.

Algunas veces, una brisa se cuela en la taberna. Inexplicablemente, las personas comienzan  a pensar que hay una razón para todo aquello y que en el exterior existe un mundo promisorio como recompensa por tan oscura poesía.

La persona conocida como el Relator de Hechos relata uno al fin del día siempre, cuando llega la medianoche.

Ninguna persona lo escucha. Se lo ve todo el tiempo con sucios volúmenes. Se comenta que contienen millones de historias.

Los volúmenes son seis, o quizás 4. Se presume que cada volumen es para determinado fin.

Ana, la hechicera, afirma que el volumen negro tiene una sola historia y que ella revela  cómo alcanzar la libertad. Pero el Relator nunca usa el volumen negro.

El volumen gris habla sobre mentiras verdaderas; el volumen amarillo pálido es idéntico al  volumen rojo.

Ocurre frecuentemente que quitan sin permiso los volúmenes al Relator. Siempre hay clientes que pagan por tratar de leerlos. Siempre se frustran. La escritura al recibir aire se borra. Incesantemente el Relator recobra sus volúmenes y luego se los quitan nuevamente. Con los años se han hecho copias muy malas y nadie está seguro de la veracidad de esos hechos.

 

Mikel   tap@farmakos.com

Cuento original:    EL BAR DEL INFIERNO  (Alejandro Dolina)

El bar es incesante. Es imposible alcanzar sus confines. Del modo más caprichoso se suceden salones, mostradores, pasillos y reservados.

Nadie ha podido establecer nunca cuál es la puerta del bar. La opinión mayoritaria es que no hay forma de salir de él. Sin embargo, muchos buscan la salida. Es el sueño romántico más frecuente de este tugurio. Hombres jóvenes, inconformes, beligerantes, eligen una dirección cualquiera y avanzan desaforadamente buscando la puerta, o el centro, o la explicación del bar.

Generalmente, nadie vuelve a verlos. Algunos regresan mucho tiempo después, casi siempre por el lado contrario al que eligieron para irse.

El cafetín es un laberinto. Nuestro destino es extraviarnos en sus encrucijadas. Pero algunos presienten una verdad aún más terrible: no se puede salir del bar no por la falta de puertas, ni por la disposición caprichosa de sus instalaciones, sino porque no hay otra cosa que el bar. El afuera no existe.

Si es verdad que los parroquianos están condenados a vagar perpetuamente por los mismos lugares, también es cierto que sus conductas se repiten del mismo modo inevitable. Pero ellos no lo saben. Se mueven con soberbia, como si decidieran sus propias acciones. Y no es así. Sólo cumplen con ajenas voluntades. Los mozos, los músicos, los borrachos, las prostitutas y los jugadores están aquí desde el comienzo de los tiempos y aquí permanecerán, recorriendo trayectos ancestrales con aires de inauguración.

Cada tanto, un viento de loca esperanza entra en el bar. Misteriosamente los parroquianos empiezan a creer que todo tiene un propósito, que cada uno de sus patéticos esfuerzos está destinado a un logro final y que fuera del bar hay cielos límpidos y amores venturosos que darán sentido hasta al último de los versos oscuros.

El hombre a quien llaman el Narrador de Historias está obligado a contar un cuento cada noche, cuando el reloj da las doce.

Nadie le presta atención. Anda siempre con unos libros grasientos. En ellos hay -según se dice- infinitos relatos.

Los libros son siete, o acaso cinco. Existe la sensación de que cada uno sigue preceptos diferentes.

Ada, la bruja, ha dicho que el Libro Rojo contiene un solo relato y que ese relato revela los secretos de la libertad. Pero el narrador jamás abre el Libro Rojo.

El Libro Blanco contiene falsos secretos; el Libro Verde Clarito es igual al Libro Amarillo.

A veces, los ladrones roban los libros del Narrador. Algunos parroquianos pagan por ellos unas monedas y tratan de leerlos. El desengaño es inevitable. las páginas están escritas con una tinta sutil que se borra al tomar contacto con el aire. Una y otra vez, el Narrador recupera los libros y los ladrones vuelven a robarlos.

Con el tiempo se han hecho torpes duplicados y ya no se sabe si los textos que lee son los verdaderos, o copias fieles, o relatos falsos.